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Vencer la herencia de la pobreza a punta de disciplina: la dolorosa y admirable vida de la patrullera Lina María

Vencer la herencia de la pobreza a punta de disciplina: la dolorosa y admirable vida de la patrullera Lina María

Entre préstamos, despedidas, días de hambre y las lágrimas de un padre conductor de bus, Lina María Puello González construyó una historia de superación que hoy,  merece ser contada.

Hay lágrimas que no hacen ruido, pero duelen más que cualquier despedida. Son esas que un padre se traga cuando no tiene con qué ayudar a sus hijos, las que una madre esconde para no desbaratarles los sueños y las que una muchacha deja caer en silencio cuando la vida le pone el camino cuesta arriba. De esas lágrimas sabe bastante Lina María Puello González, una joven de Turbaco, Bolívar, que aprendió desde temprano que la pobreza puede vaciar los bolsillos, pero jamás debería apagar las ilusiones. Hoy viste con orgullo el uniforme de la Policía Nacional, aunque detrás de esa sonrisa hay una historia que, cuando se cuenta, termina arrugándole el corazón a cualquiera.

Tenía apenas seis años cuando comenzó a decir que quería ser policía. No sabía de grados, procedimientos ni escuelas de formación. Lo suyo era más sencillo: le gustaba conversar con la gente, escuchar sus historias y sentirse cerca de los demás. Cada vez que veía llegar a los uniformados, se emocionaba como quien contempla algo extraordinario. Mientras otras niñas cambiaban de profesión en sus juegos infantiles, ella seguía aferrada a la misma idea. Quería servir a la comunidad. Y aunque todavía le faltaban muchos años para alcanzar aquella meta, en su cabecita ya había tomado una decisión que ni las dificultades económicas lograrían cambiar.

Pero en su casa las cosas no eran tan fáciles como las imaginaba. Su padre, Julio César, conductor de bus, un hombre trabajador, reservado y poco amigo de pedir favores, se oponía a que ingresara a la institución. No era falta de confianza en su hija. Era miedo. Ese temor que sienten los papás cuando saben que el mundo puede ser peligroso y no quieren que nada malo les suceda a sus muchachos. Su mamá, María, en cambio, la acompañó desde el comienzo. Cuando se enteró de que estaban abiertas las inscripciones para prestar el servicio como auxiliar de policía, Lina no lo pensó dos veces. Había llegado la oportunidad que tanto esperaba y no estaba dispuesta a dejarla escapar.

El día de marcharse fue una prueba para todos. Julio César, que inicialmente se había resistido a su decisión, terminó entregándole cerca de 200 mil pesos para comprar algunas cosas necesarias. No era una fortuna, pero representaba mucho para aquella familia. Con ese dinero consiguió unas chancletas, jabón y otros artículos personales. Después vino lo más difícil: montarse en el bus y dejar atrás su hogar. La muchacha lloraba desconsoladamente. Le dolía separarse de los suyos, especialmente de aquel hombre al que tanto quería. Sin embargo, entre el llanto y los nervios, llevaba una certeza: algún día regresaría convertida en la policía que había soñado ser.

Su primera experiencia la llevó a San Juan Nepomuceno, Bolívar, donde prestó servicio como auxiliar. Allí descubrió que aquella vocación de infancia también exigía disciplina, responsabilidad y renuncias. Al terminar esa etapa decidió dar el siguiente paso: convertirse en patrullera. Entonces apareció nuevamente el problema de siempre, ese que tantas veces les cierra las puertas a las familias humildes: el dinero. Había que conseguir recursos para continuar el proceso y su papá volvió a preocuparse. Buscó préstamos, hizo cuentas y trató de resolver lo que parecía imposible. En medio de aquellas angustias, incluso sufrió un accidente de tránsito. Pero ni siquiera ese episodio consiguió detener los esfuerzos de la familia por sacar adelante a su muchacha.

La Escuela de Policía de Medellín, en La Estrella, Antioquia, terminó convirtiéndose en el escenario de sus mayores sacrificios. Durante un año y quince días conoció la exigencia de la formación y también la tristeza de estar lejos de casa. Hubo jornadas en las que el hambre le apretaba el estómago mientras observaba cómo algunas compañeras compraban empanadas y dejaban parte de la comida sin consumir. Aquello le partía el alma. Ella, que sabía cuánto costaba conseguir cada peso, no podía comprender semejante desperdicio. Y aunque a veces deseaba tener algo más para comer, prefería guardar silencio. «Yo podía estar muriéndome de hambre, pero no pedía», recuerda con la voz entrecortada. Una frase pequeña que alcanza para entender la dimensión de su lucha.

Los permisos tampoco eran motivo de alegría completa. Mientras otros estudiantes aprovechaban para encontrarse con sus familiares, Lina debía calcular cuánto podía gastar. En ocasiones le tocaba quedarse lejos de los suyos porque regresar a Turbaco resultaba demasiado costoso. Si conseguía alojamiento, procuraba ahorrar hasta en la alimentación. Hubo momentos en los que debía escoger entre una comida y otra para que el dinero alcanzara. Sus padres tampoco tenían posibilidades de viajar a visitarla.

Desde la distancia, María y Julio César hacían lo que podían, mientras su hija aprendía que la fortaleza no consiste en dejar de llorar, sino en secarse las lágrimas y continuar cuando todavía quedan fuerzas para luchar.

Y llegó el día del grado. Ese que había imaginado tantas veces, cuando apenas era una niña que se emocionaba al ver pasar una patrulla. Allí estaba Lina, convertida en profesional de policía, con el uniforme impecable y el corazón desbordado de sentimientos. Sin embargo, entre tanta felicidad había una ausencia que pesaba: su papá no pudo acompañarla porque no tenía los recursos para viajar. Su madre también enfrentó dificultades para estar presente, mientras una prima que residía en Medellín pudo compartir aquel momento. Julio César recibió la noticia con la alegría de quien ve florecer una semilla que regó durante años, pero también con la tristeza de no poder abrazar personalmente a su hija. No necesitó pronunciar grandes discursos. Sus lágrimas hablaron por él.

Hoy, de regreso en su tierra bolivarense, aquella muchacha encuentra una felicidad especial en poder ayudar a sus padres. Ya no es solamente la hija que necesitaba dinero para comprar sus elementos personales o viajar a la escuela. Ahora puede aportar para las necesidades del hogar y tener detalles con ese hombre que tantas veces se quitó lo suyo para dárselo a ella. Cuando llega diciembre, procura regalarle ropa y contribuir con lo que esté a su alcance. Sabe que Julio César no es de pedir, que prefiere callar sus dificultades y arreglárselas como pueda. Por eso, cada gesto suyo lleva escondido un agradecimiento que no necesita palabras. Es su manera de devolverle un poquito de todo lo que recibió.

 

En el marco de la conmemoración del Día de la Mujer Policía, la historia de la patrullera de policía Lina María Puello González representa la valentía de tantas colombianas que han conquistado su lugar dentro de la institución a punta de disciplina, sensibilidad y perseverancia. Ella misma rechaza que se considere a las mujeres el sexo débil, porque conoce de primera mano la resistencia que exige levantarse después de cada tropiezo.

 

Su experiencia también recuerda la importancia de avanzar hacia una Policía cada vez más profesional, protegida y respaldada, conforme a los lineamientos de la Dirección General. Pero más allá de cualquier reconocimiento, hay algo que ninguna ceremonia podrá superar: imaginar a Julio César contemplando a su hija con el uniforme puesto, sabiendo que aquella niña que un día se marchó llorando logró cumplir su promesa. Porque, al final, hay padres que no tienen dinero para comprarles el mundo a sus hijos, pero son capaces de entregarles hasta el último pedacito de su vida para ayudarlos a conquistar sus sueños.

Por : Emilio Gutiérrez Yance

 

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